
Se entreveró con los próceres del Partido Socialista recién fundado (1896), con Juan B. Justo, José Ingenieros, Enrique Dickman, Roberto Payró y Leopoldo Lugones. En 1904, los genoveses del barrio de La Boca lo postularon y luego salió electo como el primer diputado socialista de la Argentina y de América. "La Boca ya tiene dientes", dijo el gran dramaturgo Florencio Sánchez de esa proeza. La carrera de Palacios no se interrumpió. Fue diputado y senador por varios períodos. Cuando murió, ocupaba aún una banca de diputado.
Pero Palacios fue Palacios no sólo por una verba inflamada, certera, apasionada, que convocaba multitudes. No sólo porque increpó a todos los autoritarismos cuarteleros desde el golpe de 1930 en adelante. No sólo porque fue un presidente inolvidable de la Universidad de la Plata, un reformista universitario decidido, sino porque fue un reformador de las leyes. Leyes que serían sancionadas con la fuerza política del peronismo que, curiosamente, Palacios combatió, con el mismo encono que tuvo la izquierda socialista y comunista con el surgimiento del movimiento de masas más destacado de la Argentina moderna. Perón le debió a las batallas de este socialista, las leyes laborales más avanzadas del mundo occidental en su momento. En 1906, casi cuatro décadas antes del surgimiento del peronismo, Palacios peleó por las leyes que reglamentarían el trabajo de mujeres y niños. Establecía el descanso obligatorio antes y después del parto; se prohibía el trabajo de menores; se creaban casas cuna donde las madres obreras depositaran a sus niños para poder amamantarlos; se batallaba por la jornada de ocho horas; se establecía el domingo como descanso obligatorio.
El día que Palacios murió, el 20 de abril de
Una parte de esa juventud le endilgó con encono su antiperonismo, sus servicios como embajador de la Revolución Libertadora. Lo que queda de Palacios no fueron sus convicciones coyunturales. Quedan las leyes que impuso, las convicciones de paz y progreso: fueron las que libraron a miles de niños, de mujeres y de obreros argentinos de la más dolorosa explotación. Y la que los hizo, también, más libres.